Colaboraciones
01 de noviembre de 2007
El oso blanco
María José Hernández Lloreda
No sé de dónde procede la creencia generalizada de que cualquier instrucción de contenido cognitivo puede tener un efecto inmediato en el que la recibe, que uno tiene tal control sobre la propia mente que puede cambiar a su antojo el estado de la misma. Lo que es seguro es que de la experiencia cotidiana de cada uno no puede proceder.
Siempre me ha divertido mucho la famosa frase de las películas americanas: “el jurado no tendrá en cuenta este testimonio para emitir su veredicto”. Además, como no podría ser de otra forma, esta indicación siempre se produce ante aquellas declaraciones que más han impactado al jurado. Por ejemplo, recuerdo que en Anatomía de un asesinato se ordenaba al jurado: “borre las dos últimas preguntas y respuestas de la señora” acerca de si la protagonista llevaba siempre bragas, prueba importante para el juicio. Yo pensé: ahora deberían enseñarles cómo se hace eso, decirles qué área del cerebro deben dejar inactiva y cómo conseguirlo para que esa información no altere en forma alguna su decisión. No sé, quizá una nueva salida laboral para los psicólogos.
Porque no nos engañemos, si algo va a tener un efecto importante en el cerebro es precisamente aquello sobre lo que le han hecho reparar, aunque sea con el objeto de olvidarlo. Tal vez, el único sitio donde alguien puede ignorar una información de ese tipo sin que repercuta en su funcionamiento cognitivo y en el veredicto final es en una película. Distinto es un juez o un técnico que está preparado para excluir una prueba no válida de un juicio, pero hay que estar entrenado para ello y, aún así, es difícil que no ejerza algún tipo de influencia. La atención siempre produce refuerzo, por lo tanto, la mejor forma de que el jurado no preste atención a un determinado testimonio no es con toda esa parafernalia que monta el abogado hablando con los otros abogados, el fiscal y el juez. Claro, que por otro lado llevan razón, porque de algún modo esa información no debería haber estado en el juicio y no debería formar parte de la evaluación. La mejor manera de que algo pueda olvidarse es que otra cosa de más impacto llame la atención del jurado en ese momento, de lo que se deduce que un buen abogado de película americana debería tener todo tipo de escenas impactantes preparadas para esgrimirlas ante el jurado cuando quiera que se no tenga en cuenta algún testimonio.
De la misma forma uno no puede comportarse como si le hubieran pasado cosas que no han tenido lugar o como si no hubieran pasado cosas que sí han pasado. También me producen mucho desasosiego ese tipo de consejos: “no te quejes, mira a tu amiga, se le ha muerto su madre y no está como tú”, porque cuando esos hechos son reales producen un impacto emocional que el cerebro no puede obviar, algo que no ocurre cuando no han sucedido, por mucho que uno se esfuerce en imaginarlo. Y además, está bien que así sea, porque sería horrible si cualquier acontecimiento que uno pueda imaginarse produjera el mismo efecto que el hecho mismo. Esto sólo sería posible si nuestra mente funcionara de modo distinto a como lo hace. Cualquier suceso real deja huella física en el cerebro; será más o menos intensa, perdurará más o menos, será más o menos accesible, pero nunca lo hará a voluntad propia, igual que tampoco puede hacerlo un hecho no ocurrido ni imaginado. Ya se sabe, nadie escarmienta en cabeza ajena, y hace bien.
A estas alturas todos sabemos, o deberíamos saber, que no se debe decir nunca, a alguien que tiene una depresión, “anímate” o “con la cantidad de cosas buenas que tienes en la vida”, salvo que la intención sea agravar su dolencia. Ni debemos decir a alguien, en plena crisis de pánico, “cálmate”. Qué hacer en el primer caso es complicado, pero hay que saber que él no tiene el control, y que decirle algo así es como decirle a un paralítico “levántate, ¿no ves qué fácil?, sólo tienes que ordenar a tus piernas que se muevan”. En una crisis de pánico, si uno es capaz de conseguir que la atención se dirija hacia otro sitio, habrá dado un gran paso, pero ya sabemos que eso tampoco es fácil.
El ejemplo típico, y que cualquiera puede poner en práctica de forma sencilla, consiste en seguir la siguiente instrucción:
“No pienses en un oso blanco”
Automáticamente aparece la imagen mental de un oso blanco, estímulo poco frecuente y, por tanto, poco probable. No conozco a nadie que haya sido capaz de hacerlo. Bueno, sólo a una persona, que pensó en un oso marrón. Por cierto, es juez.





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